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domingo, 16 de agosto de 2015

José Luis Puerto: Las cordilleras del alba.

Hoy mi homenaje está dedicado al poeta José Luis Puerto, La Alberca, Salamanca, 1953. P1010091
Puerto es un poeta que ha calado en mí, poco a poco a través de la lectura en el tiempo de sus poemarios o artículos los cuales han dejado poso en mi alma.
Este libro del que os voy a hablar, es la excusa perfecta para que le rinda en este, mi espacio humildísimo, el tributo que él se merece.
Las cordilleras del alba, de José Luis Puerto, es el librito joya que he tenido en mis manos al comienzo del verano.
Está editado por AMARÚ EDICIONES, Salamanca 1991, dentro de la Colección Mar Adentro.
Las cordilleras del alba, muy bien podría titularse:
Las cordilleras del alma, porque alma es lo que pone el poeta en estos 33 breves relatos, donde nos habla de su infancia, de las personas y las cosas que llenaron y marcaron esa etapa de su vida, que podríamos definir como sagrada, todo ello en un entorno natural sagrado también, que termina por definir al poeta, por imprimir el carácter que le acompañará toda la vida y que imprime a su obra, lo que es su voz.
 
Así el poeta José Luis Puerto, nos habla de un lugar, imaginario llamado Alfranca, que no es otro que su querido pueblo: La Alberca, ahí sitúa el discurrir de los elementos que atesora, como bienes inmateriales “afortunados culpables” de lo que es.
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En Las cordilleras del alba, rescatan de su memoria todos esos elementos que desea guardar para siempre.
En el último relato, escribe:
“Las puertas del corazón, las puertas de la memoria, no deben quedar abiertas a las profanaciones del olvido. Has habitado un territorio que se te dio como un don. Y siempre va contigo. Guarda la llave. Las palabras no pueden traspasar el umbral del jardín. El corazón lo lleva. Guarda la llave, guarda la llave…”
José L. Puerto, ve con los ojos de la memoria y todos los sentidos se ponen a trabajar para recatar del olvido: personas, tradiciones, costumbres, paisajes, lugares que conforman lo que somos, lo que es.
De la memoria rescata el relato titulado: La transmisión del canto, donde se muestra muy pequeño recitando.
Y dice así: “Como juglar o como bardo te ves, en unas de tus primeras imágenes, rodeado por mozas y mujeres, que escuchaban atentas, de tus labios niños, la recitación, la salmodia o el cantar.
… muy niño aún, antes de los primeros periodos escolares, antes de la letra y la escritura ya se alojaban en tu memoria cantares y poemas.
…y te descubres cantando, apoyado en una columna de la plaza. Como eslabón humano. Como trasmisor de una belleza antigua.
Esa imagen tuya… te devuelve al recordarla uno de los escenarios del origen.
…Trasmisor del canto colectivo, …en aquellas mañanas de la cordillera.”
Son frecuentes también los relatos en los que la figura de sus padres cobra especial relevancia o la de su abuelo.
Por ejemplo en:  “Regabais por la noche” así recuerda a su madre
Regabais por la noche en verano.
Vuestra madre os llevaba con ella.
Ibais agarrados a sus sayas por caminos tenebrosos. En una mano llevaba el sacho, en la otra el farol.
Los pliegues del vestido materno eran vuestra defensa, vuestra seguridad ante la tiniebla.
El recuerdo de la saya de la madre como elemento salvador frente al miedo y la oscuridad.
El miedo infantil aparecerá en otros relatos, como elemento recurrente frente a la oscuridad o a las tormentas.
La expresión La madre de los aires, formará parte de lo que se puede denominar herencia inmaterial para el alma, recibida del abuelo, para denominar días de temporal y lluvia.
Rescata de la memoria los elementos exteriores de las casas como Los dinteles, a los que dedica un relato o los recintos de interior, como las estancias, la cocina con sus muebles, la vajilla.
“Cerrabas la puerta y volvías al mundo lleno de una plenitud incomunicable.”
El dintel es una piedra grabada, elemento horizontal que se apoya sobre las jambas en una puerta o ventana, poblada de signos y marcas que identificaban la morada. Signos que identifican al creyente que a través de la piedra da fe pública de su credo.
El dintel es por tanto, un marco de entrada al espacio íntimo y de salida al espacio público.
Parece que Alfranca fue tierra de conversos, de seres que ante el decreto de expulsión, prefirieron guardar fidelidad al espacio del origen, aunque para ello tuvieran que cambiar de creencia religiosa, solían hacerlo de puertas afuera, dentro seguían perdurando los elementos judíos.
De los denominados, espacios interiores, “La Sala”.
“Entreabría su puerta y todo un universo misterioso y secreto se mostraba a tu mirada llena de temblor, temor a lo desconocido, temblor por el miedo a ser descubierto.”
Las estancias y lo que hay en ellas son motivo de enumeración por parte del poeta, haciendo gala de una gran riqueza de vocabulario tanto en lo que se refiere a muebles, como a vajillas, ropa de casa, alhajas, etc.
Suelos entarimados de castaño, techos con vigas, paredes de cal, cortinas de lino, toallas de lienzo de real con tejidos geométricos.
Alacena con rejillas, platero, lozas de Talavera, cántaros, jofaina y palangana china, cuadros religiosos, alfileteros, vitelas de monjas, etc
Más de una vez resalta Puerto la estrecha relación del ser humano con las cosas.
Habla por ejemplo de La Cántara, y dice:
Me acompañaba cada día en uno o dos viajes a la fuente. Con ella comprendí el significado de la levedad a la ida y del peso a la vuelta a casa.
La cosa Cántara, formaba parte de la constelación de mis seres, como el castaño, la madre, el abuelo, la puente, el cerezo, el cortinal o el conventino.
LA MATERIA DEL ASA SABE MUCHO DE MIS MANOS.
Vivíamos de continuo, el juego entre lo efímero y lo permanente y no todo lo que desaparecía del ojo desaparecía del alma, ya que unos ojos del alma, fuera del devenir, siguen viendo las cosas.
Importancia de los elementos que forman parte de nuestra vida cotidiana, cosas que nos tienen cogida la medida y a la que nosotros también.
Los sentidos eran torres vigías de aquella realidad. Por los oídos entraba el sonido de la cencerra, el cacareo del gallo, el rumor del agua desde las canales o desde el cauce del río.
Lo femenino
Mención espacial hacia lo femenino en este libro de relatos, importancia del género gramatical de las palabras.
“Siempre es más entrañable el femenino para nombrar las cosas: la calor, la mar, la puente.”
Existe en Alfranca el barrio de La Puente. Así lo define:la_puente
“Barrio con una hermosa puente de piedra granítica. Mi primer conocimiento de puente fue el femenino: La puente.
Los puentes para mí en masculino son de hierro, metálicos, de cemento o de hormigón, …despersonalizados como muchos de los edificios recientes de la mayoría de las ciudades.
Las puentes en femenino, son antiguas, de otros tiempos, de piedras y sillares, con formas recogidas y sencillas, … en ellas crece amorosamente la maleza, la hiedra, las plantas silvestres, recoletas, como adornos naturales.
Las puentes… pequeñas, artesanales, de una belleza antigua que nos convoca a un pasado, a un tiempo originario que olvidamos con frecuencia y que ya, desde luego, hemos perdido para siempre.
Yo nací en la puente… , y sé de cortinales con cerezos y guindos.  
La puente, … cuántos secretos sabe de nosotros, cuánto misterio entre sus piedras lleva.
José Luis Puerto, en este relato expresa cuánta ternura encierra para él el femenino en esta construcción, son diferentes los puentes de las puentes y cuánta añoranza muestra por la naturaleza que ya no es como la de su infancia.
Amorosamente unido a lo femenino, también asocia elementos de la vida cotidiana, como La cántara, las cencerras, las canales o árboles como las nogales.
En femenino, como se hace en Alfranca. Las nogales que viven en espacio húmedo que genera la vida. Humedad creadora. Las nogales, el árbol matriarcal.
Cómo no asociarlo con las mujeres de Alfranca, con sus sayas abultadas, con su recogimiento.
En la imaginación las nogales eran las madres y los castaños los padres, los patriarcas.
Todo era familiar y misterioso a la vez. Era sentirse parte que vive en armonía con todo lo existente en el espacio natural.
Además de las nogales y los castaños, hay en Alfranca, saúcos, cerezos, guindos, cipreses, adormideras, alisos.
Nos vamos haciendo una idea de la exuberante flora del espacio del origen, compuesta por margaritas, gitanillas, geranios, plantas de cirigueña, campaninas o narcisos, etc.
No olvida las verduras que dan los sembrados, alimento no solo para el cuerpo sino también para el alma de quien los contempla: remolacha, frejoles, millos, patatas, etc.
Este es el espacio vegetal que hay en la retina del poeta, donde reina tanto lo pequeño como lo grande.
El reino animal también es motivo de mención: grillos, renacuajos, lavanderas, cucos, coruja, salmántigas o salamandras, etc
Flora y fauna, vista y oído, conforman las cordilleras del alba de José Luis Puerto, al que ningún elemento que conforma la misma parece serle indiferente.
“Preséntase mi infancia en el recuerdo poblado en su inocencia de rumorosos árboles.
Al salir de la escuela por otoño, íbamos con mi abuelo y mi padre a coger castañas.
Mi recuerdo está poblado de silenciosos castaños. Los castaños son los árboles de mi infancia…”
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Mención especial hace el poeta a la lluvia y dice:
De todas las imágenes del recuerdo que me ha sido otorgado contemplar, dejadme la lluvia.
La humedad del tiempo me encharca el corazón.
Vengo escuchando desde el nacimiento el agua de purificación de la lluvia. Es sonido primordial en mi memoria, va conmigo, me acompaña.
Agua celeste, rumor vertical, ángel anunciador de vida.
La lluvia trae consigo la quietud, el cese y abandono de las faenas, la retracción de todo a su matriz.
En los relatos de Puerto todo es contemplación, interiorización y conocimiento del espacio de sus orígenes. Hay en él un gran amor a la naturaleza y a todo lo que sus sentidos le ofrecen. Nunca estos elementos de la naturaleza le abandonan, y toda su obra es un homenaje a los espacios sagrados de su infancia, temas que aparecen en toda su obra ya sean en prosa o verso.
Para terminar, os dejo con estas palabras que dedica a Los Valles Umbríos, y que bien definen al poeta:
Yo de Valles umbríos me nutro. Valles que recorren ya desde hace tiempo la geografía de mi corazón.
Valles… en los que algún día habré de convertirme, porque yo de valles umbríos estoy lleno.
En tiempos de desacralización de la naturaleza, leer este libro me ha llenado el espíritu de frescura y verdor, de aire puro, me ha recordado la medida del valor de las cosas que fueron nuestras y conformaron nuestra existencia y cómo no, de las personas que se nos fueron y de las que guardamos sus retratos en nuestra alma.
Gracias José Luis Puerto por la sencillez con que haces de lo pequeño bandera y por transmitirlo con gran sensibilidad.

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